La hora del Fénix

Capítulo 1- La sentencia
Loukiate, capital de Cheigyul Año 4301 d.c.v. Amaryllis alzó la cabeza y contempló la habitación en la que llevaba días encerrada. Fue la guardia personal del Gøbe quien la condujo hasta allí cuando se disponía a ir al koyę, sin darle ninguna explicación de que estaba ocurriendo. "Ahora la habitación se siente muy diferente a la primera vez que la pise", pensó recordando el día en que llegó a Loukiate para casarse. De esto hacía ya varios años. En aquel momento le pareció cálida y acogedora con su suelo de piedra cubierto de alfombras. "Y me sentí importante para Cearbahll al saber que escogió personalmente esa decoración para mí. Que sabiendo que soy una Elemental de Tierra, se aseguró de que estuviera rodeada de flores. La mezcla del verde intenso de sus hojas y los colores vivos de sus pétalos, sumado al aroma dulzón que desprenden me hicieron sentir en mi hogar." Los muebles eran de madera clara, finamente labrados. La cama en la que estaba encogida a causa del miedo tenía un baldaquino y finas cortinas blancas. Se enderezó y al poner los pies en el suelo, estos se hundieron en la alfombra que cubría buena parte del suelo. Estaba tejida en un diseño intrincado, utilizando colores alegres. Había tres ventanas con forma bifora, una central de mayor tamaño y dos ligeramente más pequeñas a los costados. Con los ojos cargados de sombras camino hacia la central. La vista desde allí era a los cuidados jardines del castillo, incluido uno de sus árboles preferidos. El yogak subía desde el suelo, apoyándose contra la piedra grisácea del castillo. Entre el verdor, destacaban las flores con sus pétalos puntiagudos de color rojo. Perdida en sus pensamientos, extendió el brazo y toco con cuidado una de las flores. En ese momento, los gritos que resonaban con fuerza al otro lado de la puerta cerrada la devolvieron al presente con crudeza. Su ceño se frunció al reconocer una de las voces. "Cearbhall... Él nunca grita." Pensó sorprendida. Se giró, alejándose de la ventana y corrió hacia la puerta. Cerró los ojos, apretando la oreja contra la madera en un esfuerzo desesperado para saber lo que estaban hablando. —Se trata de mi esposa... No pudo entender lo que siguió a la afirmación hasta que uno de los soldados que custodiaban su entrada dijo con voz firme: —Es una orden del Gøbe. "¿De qué se me acusa para que el Gøbe prohíba que su hermano me visite?" El miedo creció, cayendo como una piedra pesada hasta el fondo de su estómago. "Debe ser extremadamente grave." Dio un paso atrás alejándose de la puerta y abrió los ojos. Apoyó la palma de la mano contra la madera suave, recordando con claridad las palabras de la koyæ cuando acudió al templo antes de marcharse de su hogar. —Rogaré a Erye para que guarde su camino, ya que el destino que enfrentará... En ese momento, no le dio importancia a pesar de la manera en que ella apartó la mirada de sus ojos. Después de todo, en ese momento no había nadie que no supiera acerca del tratado de paz y de las cláusulas del mismo. Además de que si cualquiera de ellos cometía un error, podrían provocar que la guerra se reanudará. "Yo misma pensé en lo fácil que podía ser fallar." Dio uno, dos, tres pasos atrás antes de girarse y volver a la cama, donde se sentó con la mirada perdida en el vacío. "Pero estaba segura de que todo iba bien. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué nadie me explica nada? ¿O acaso debo estar agradecida de no estar siendo interrogada? ¿O torturada?" Ante esta idea, las lágrimas volvieron a agolparse en sus ojos. Las horas fueron pasando, sin que se moviera de su posición. No'on emergió en el cielo nocturno, su luz fría y blanquecina se unió a la que proporcionaban algunas de las flores que estaban a su alrededor, haciendo que la oscuridad de la noche no fuera tan pesada. Al oír un ligero golpe en la puerta levantó la cabeza y dirigió su mirada hacia allí. Instantes después abrieron, relevándose la figura de un hombre. Medía cerca del metro noventa, tenía hombros anchos y cintura estrecha. Su complexión era más fibrosa que musculosa, a diferencia de la de Cearbhall. Los ojos de un gris muy claro se clavaron en ella. El cabello plateado era largo, recogido con un adorno dorado. La túnica era de color burdeos, con un bordado complejo en el pecho. La mandíbula cuadrada delataba una ligera tensión, al igual que los labios firmemente apretados en una línea severa. Amaryllis se apresuró a ponerse en pie y se tomó las manos, colocándolas a la altura de su cintura en el lado derecho, giró las rodillas un poco hacia la izquierda y realizó una profunda reverencia. —Nos requerimos hablar contigo. —Dijo el Gøbe entrando en la habitación. Uno de los guardias cerró la puerta a la espalda de él, con la mirada clavada en el suelo. Antes de adentrarse más en la estancia, él tocó una runa tallada en la piedra a la derecha de la puerta. Esto hizo que las gemas transparentes que estaban incrustadas en las paredes, techo y suelo se iluminaran y la habitación se llenará de la luz que cargaron durante el día. —Dígame, Gøbe. —Respondió manteniendo la cabeza alta pero la mirada en el suelo. Una de las normas de la etiqueta era que nadie podía contemplar el rostro del Gøbe sin su permiso expreso. Oyó que dejaba algo sobre la mesa, al lado de la bandeja con el almuerzo sin tocar. —Nos deseamos que nos expliques qué es esto. Con un caminar delicado, como se esperaba de una xhûę, se acercó a la mesa. Vio un pequeño tarrito de cerámica pintado en negro, con un tapón de madera. —¿Puedo? —Preguntó pidiendo permiso para cogerlo. Ante el asentimiento de Ashur, el Gøbe, lo tomó. Reviso el tarrito minuciosamente, aprovechando la luz que proyectaban las gemas translúcidas. No vio marcas o etiquetas que revelarán el contenido, por lo que con cuidado lo destapó. Lo acercó a su nariz, notando un fuerte olor cítrico y algo más esquivo. Cerró los ojos, volviendo a aspirar y finalmente pudo reconocer que era ese aroma más débil. Esto la hizo mirar sorprendida a Ashur. —Es anodalleb. —Su tono delató su inseguridad, ya que no entendía por qué su cuñado le preguntaba sobre un veneno. —Se demostró que nos estuvimos a punto de ser asesinados con esa sustancia. Con ese mismo tarrito. Con un veneno que abunda en tu tierra, pero que en esta, es muy difícil de conseguir. La respiración de Amarillys quedó atascada en su pecho y sus ojos se abrieron mucho, cuando todas las piezas de ese rompecabezas cayeron en su lugar. Su piel perdió el color, resaltando aún más la multitud de pecas sobre el puente de su nariz y mejillas. —Yo no... Gøbe, juró que yo no lo hice. —Afirmó con voz temblorosa. —Nos queremos creerte. —La voz masculina era tan helada como una ventisca—. Pero nos elegimos a un retsogam de nuestra completa confianza para realizar la investigación. Todas las pruebas apuntan en tu contra. —¿Pero qué motivo tendría yo para querer dañarle? ¡Estuve dispuesta a pagar con mi vida por el futuro que nos prometió! —Respiró hondo, tratando de controlar sus emociones. "No olvides que en este momento estás en presencia del Gøbe, no es uno de los momentos en que deja atrás su posición y se comporta solo como tu cuñado Ashur". —Y amo a Cearbhall. —Añadió con un tono más calmado—. Soy feliz aquí con él. Dañarle a usted lo destruiría todo. —Esa es la misma pregunta que nos hicimos. La opinión de todos los retsogam fue unánime cuando se nos entregó el resultado de la investigación. —La mirada de Ashur se endureció. Las rodillas de Amarillys temblaron cuando se dio cuenta de que nada de lo que dijera iba a cambiar algo. Pero no por eso planeaba mantenerse callada. —Hay venenos capaces de sacar la verdad de cualquiera. Gøbe, usadlos y dejadme probar mi inocencia. La dureza en los ojos grises de Ashur se suavizó por un breve momento cuando explicó: —Nos ya lo dijimos, pero los retsogam nos recordaron que eres una curandera. Más aún, eres una Elemental de Tierra. Ninguna planta puede dañarte. —Pero eso no es nada más que un mito —su voz volvió a quebrarse, sabiendo cuál era el castigo por intentar dañar al Gøbe. —Cearbhall te ama. —Añadió Ashur en un tono más suave, sorprendiéndola con el cambio de tema—. Nunca creí que vería a mi gemelo enamorado. Que él sería capaz de serle tan leal a otro como lo es conmigo. Pero tú lograste colarte debajo de su piel. —Le juro que nunca haría nada que lo dañara. —Mi esposa ruega clemencia por ti. —Continuó ignorándola—. Ella justifica cada prueba, cada señal. Tienes la lealtad de los seres más cercanos a mí. —Es mi prima. Crecimos juntas. Es quien mejor me conoce. Mis fallos y mis aciertos. —Trato de explicarle. —Todos podemos ser cegados por el amor. Ahora, por tu culpa, Cearbhall confía en esa estúpida leyenda de Yëradh sobre una única pareja destinada. Me gustaría confiar en ti. Y si los resultados no se me hubieran entregado delante de toda la corte, habría tenido alguna posibilidad de salvarte. Pero cada uno de los retsogam rogó para que el mal fuera erradicado de raíz. Las palabras de Ashur se repitieron una y otra vez en la mente de Amaryllis, haciendo que sus manos temblaran al comprender lo que significaban y la respiración se le quedó atascada en los pulmones. —Pero sois el Gøbe... —El mismo que comenzó una guerra y le puso fin trayendo como Gîbe a la heredera de nuestros enemigos. A sus ojos, soy solo un muchacho cuyos deseos egoístas provocaron que se crearan zonas donde el velo está roído. Zonas oscuras... y no es necesario que te recuerde los peligros que eso implica ni las complejidades para sanar nuestra tierra. —El silencio se instaló por un momento entre ellos antes de que Ashur continuara—: La situación es demasiado inestable para que pueda arriesgarme a salvarte contra el deseo de los retsogam. —Nunca le hice daño a nadie. —Aseveró evitando llorar, aunque las lágrimas se hicieran presentes en su voz. —Si amas a mi hermano, si quieres a tu prima, si realmente quieres salvar vidas y evitar que la guerra empiece de nuevo —dijo Ashur con frialdad, sacando otro frasquito y depositándolo sobre la mesa—, tú misma pondrás fin a todo esto. —¿El veneno si funcionará para matarme, pero no para demostrar mi inocencia? —Preguntó con amargura. —Son los retsogam quienes piensan que tu conexión con la naturaleza alteraría la prueba. Yo sé que no existe elemental que pueda doblegar las leyes naturales, que pueda alterar realmente los usos de las plantas. —Así que mis únicas alternativas son dejar que Cearbhall arriesgue su vida para salvarme o morir antes de que él lo haga. —Tienes hasta que No'on abandoné el cielo para tomar tu decisión. —Sentenció ignorando la mirada llena de odio que recibió. Amaryllis cerró los puños, controlándose para no arrojar ambos tarritos contra una pared. "Estoy muerta, aunque mi cuerpo aún no lo sabe". Al comprenderlo, sus rodillas cedieron y cayó al suelo. Pudo notar la intensidad de la mirada sobre ella en el silencio que siguió. Con los ojos clavados en el vacío, le escuchó alejarse y abandonar la estancia. Ashur salió sin volver la vista atrás en ningún momento, como si no le preocupara el destino de su cuñada. Una vez que la puerta se cerró, dejo que las lágrimas escaparan de su férreo control. "No quiero morir. Pero, ¿qué alternativas tengo? Además de tomar el veneno, no me ha dado alternativa, no realmente. Si no me lo tomó yo, lo deslizaran en cualquier comida o bebida que me proporcionen. O incluso puedo ser ajusticiada públicamente." Se puso en pie notando aún las piernas temblorosas. Se acercó a la mesa y miró los dos frasquitos. "Si tomó el veneno, voy a herirle. Él no perdonó a su padre por provocar la muerte de su madre.  ¿Cómo puede su propio hermano pedirme que reabra esa herida?" Alargó la mano, tomando una profunda inhalación y cogió el frasquito que le dejo Ashur. Lo destapó y acercó a sus labios. Sus ojos se cerraron. "Te amo." La voz de Cearbhall resonó alta y clara en su mente. Abriendo los ojos, tiró con rabia el frasquito contra una pared. Una exclamación escapó de sus labios cuando vio un destello extenderse desde el punto que tocó el veneno, moviéndose a lo largo de la habitación. Miró a su alrededor después que el destello desapareció, sin ver nada diferente. Frunciendo el ceño, dudando de que acababa de ocurrir, se acercó a la ventana. Cuando extendió la mano, esta fue repelida por una barrera invisible. "Ahora convirtieron esta habitación en una celda". Comprendió. **************** Pasaron dos días sin que escuchara más que susurros al otro lado de esa puerta. Tiempo para pensar, para temer el futuro tanto por ella como por aquellos a los que quería. Rezó, suplicó a los dioses que le dieran la oportunidad de probar su inocencia. "Cearbhall no volvió. ¿Estará bien? ¿O su hermano le habrá encerrado también a él?" Esas preguntas pasaron más de una vez por su mente apesadumbrada. El ruido de la cerradura siendo destrabada la hizo enderezase de la cama y mirar hacia la entrada. Sintió como su corazón se saltaba un latido cuando vio a la mujer al otro lado. De belleza etérea, tenía ojos negros llenos de frialdad. El pelo, del color de los tréboles, caía en una trenza sobre su hombro izquierdo. El vestido era sencillo pero de gran calidad. —Su Excelencia me ordenó que viniera a verla. —Dudo que solo estés aquí para verme. —Dijo con una ligera burla en su tono. Los labios finos de la mujer se curvaron en una pequeña sonrisa. —No se equivoca. —Respondió entrando en la habitación, escoltada por seis guardias perfectamente armados—. Hoy se dictará sentencia contra usted y debe estar presente en la sala del trono. Pero no se puede permitir que una acusada vaya sin ser debidamente contenida. Amaryllis dio un paso atrás, notando contra las corvas la cama, cuando la mujer comenzó a murmurar y mover las manos en el aire. Un fuerte brillo envolvió sus dedos, saliendo disparado hacia su cuerpo. La luz se convirtió en sogas, que se apretaron mordiendo su carne. Como si esto fuera una especie de señal, los guardias se movieron y la rodearon, obligándola a moverse. Paso por los corredores, andando sobre alfombras, sintiendo el sol penetrar a través de las ventanas y calentar su piel helada. Amaryllis sintió como sus rodillas temblaban y apretó la mandíbula, queriendo ocultar el miedo que la devoraba. Pararon ante una puerta de dos hojas. Era grande y la madera antigua estaba decorada con diseños geométricos interconectados. Dos guardias custodiaban la entrada a la sala del trono, sus expresiones atemorizantes. Al verla, el odio relució en su mirada. Abrieron la puerta y Amaryllis recibió un golpe en la espalda que la hizo tropezar hacia delante. Miró a su espalda, viendo la misma expresión en el resto de caras que la rodeaban. "Nadie cree en mi inocencia", comprendió. Bajo la mirada al suelo, sus hombros hundiéndose. "¿Qué puedo hacer para demostrarles que se equivocaban?" Se preguntó desesperada. El suelo brillaba bajo sus pies, pulido minuciosamente por los sirvientes. Al fondo, solo uno de los dos tronos estaba ocupado. A derecha e izquierda, estaban alineados los retsogam. Sus uniformes iban desde el azul medianoche hasta el azul celeste, demostrando el cargo que ocupaban. Todos giraron sus cabezas hacia ella, el silencio que reinaba en la sala mientras era observada fue roto por Ashur. —¿Qué tiene que decir en su defensa? —La pregunta fue directa, pero dejaba en claro que su juicio ya comenzó. —Que soy inocente. —Ante nos se colocaron numerosas pruebas que demostraban su culpabilidad. ¿Cuál hay que señale lo contrario? —Dado que desconozco las pruebas que me incriminan, ¿cómo puedo defender mi inocencia? —¡Desvergonzada! —Exclamó uno de los retsogam, con su túnica azul oscuro—. ¿Cómo puede mostrar ese orgullo después de intentar matar al Gøbe? —Nunca hice ningún movimiento en contra de Su Excelencia. Todos los presentes saben de las hierbas que pueden obligarme a decir la verdad. ¿Por qué no las usan? —¡Cualquier elemental de tierra puede neutralizar el efecto de estas! —El murmullo entre los retsogam subió y mostraron su conformidad con él. —Eso es mentira. Nadie puede doblegar el sentido de la naturaleza. Solo podemos aprovechar lo que ya existe. —¡¿Se atreve a llamarme mentiroso?! ¿A acusarnos de ser ineptos? Después de que él lanzara la pregunta, Amaryllis vio como el resto de retsogam se giraban al unísono hacia Ashur. —¡Excelencia! ¡Le rogamos que castigue a la traidora! —La voz salió como si fuera una sola, moviéndose como si se tratara de una ola capaz de ahogar a Amaryllis. Vio una emoción pasar por los ojos de Ashur, pero fue demasiado rápida para comprender cuál era. Los segundos se sucedieron uno tras otro, mientras los retsogam aguardaban el veredicto. —Amaryllis de la Casa de D'eryxoulus, ante las pruebas presentadas ante nos, la condenamos a muerte. —Su Excelencia, aunque ella rompió el tratado de paz, no nos conviene que su gente lo sepa. Por eso, me atrevo a sugerirle que no sea una ejecución pública. —Dijo el retsogam que tuvo la palabra desde el principio. —De acuerdo. Después de oírlo, la hechicera que la condujo a la sala del trono saco un frasquito de un bolsillo de su túnica. —Este es el último gesto de buena voluntad que puedo darte. Un veneno de acción rápida. Si vuelves a tirarlo, ella usará la magia para ahogarte. —La poderosa voz de Ashur lleno la estancia. Amaryllis tragó saliva, girándose hacia la hechicera. Sus hombros se hundieron, cualquier loca esperanza que quedara en un recóndito rincón de su mente siendo eliminada. Alargó las manos atadas y cogió el frasquito que la hechicera destapó. —Condenáis a muerte a una inocente. Por lo que yo os maldigo. Malditos seas vosotros y vuestros hijos, por toda la eternidad. Que el bosque y los animales salvajes campen por sus anchas en esta ciudad, haciendo imposible la vida aquí. Si algún dios me escucha, que cumpla mi maldición y me dé el poder de verles destruidos. —Tomó de un tragó el líquido, viendo como ya los guardias se movían en su contra. Ashur apartó la mirada de Amaryllis, un músculo palpitó en su mandíbula. No quiso que esto sucediera, pero como le dijo, sus manos estaban atadas y no podía hace nada para salvarla. El murmullo nervioso y asustado de los retsogam amortiguó en parte el que hizo el cuerpo de Amaryllis al caer al suelo sin vida.
La hora del Fénix

Populares

Populares

close 0/500